jueves, 3 de marzo de 2011

"D" como Dexter, Done (no..better OverDone) and Dumb-gang


Eran las ocho y media y nuestra protagonista estaba a punto de coger la línea verde que la llevaría de Chestnut Hill a Park Square, para luego coger la línea roja hasta Harvard Square y seguir andando 10 minutos hasta llegar a casa al fin de entrar en coma en su cama 
(una cama también conocida como Mazinger Z, por la estructura a "listones perforantes") ...
 

1 hora y 40 de viaje. Si todo sale bien.

Monta en el tren y enciende el mp3 para alejarse de la soledad que rodeaba el sollozante medio de transporte. Como compañeros de viaje, una anciana con una bolsa de plástico entre las piernas, un asiático y una muchacha punki medio dormida, blanca como una cana y muy delgada ...

A medida que el tren se paraba, la gente comenzaba a llenar, como en un videojuego, los espacios vacíos. Personas de todas razas y estilos: una chica al móvil discutiendo con su novio, dos porreros muy colocados, muchos viejos, un par de grupos en el medio de una mudanza con maletas improvisadas y guitarras, funcionarios, un hombre negro metido en un traje cruzado con una corbata fucsia que se mordía el labio a cada mensaje que le llegaba al Iphone ...

De repente, la chica punk se despertó; empezó una danza rítmica con su baricentro -que si pa'atrás, que si pa'lante- en búsqueda, ahora de una adyacencia completa al sillín, ahora de la perfecta yuxtaposición entre pechos y piernas. Cada vez que cambiaba de posición, respiraba hondo y recogía su rostro entre las manos.
En cuestión de segundos se levantó y se dirigió hacia el otro vagón, donde había menos gente. Flavia la siguió con la mirada mientras que la voz de Dexter Holland (The Offspring) y Gotta Get Away en los auriculares silenciaban el ruido exterior.

Algunas paradas antes de Park Square, la chica punk se levanta de su nueva posición, se dirige al centro del otro carro, vomita profusamente entre los espectadores aturdidos y se desmaya.

Nadie se mueve.

El tren se detiene. La gente entra y sale tratando de evitar el vómito y el cuerpo y yo sólo conseguí pensar en voz alta un “¿Qué? ¿De verdad?”.

Me dirijo al conductor y le digo que en el otro vagón hay una niña enferma en el suelo. El conductor se da la vuelta, murmura algo que no entiendo y cierra las puertas. Las personas emigran a mi carro.
 

Bastante indignada, le ordeno que vuelva a abrir las puertas, para que pueda sacar la chavala del tren y buscar ayuda. Cargo con la niña medio inconsciente y la llevo al andén. Cabreada como nunca, empiezo a buscar alguien que me diera un móvil, porque el mío, as usual, me lo había olvidado en casa,: obviamente, sin éxito. Dejo a la niña en las escaleras y voy buscando a los guardias de seguridad para explicarles lo sucedido.
 

Ellos llaman a la ambulancia. Menos mal, pienso.

Viene casi enseguida. Me dicen que debo declarar, que tengo que acompañarla al hospital. “Pero, ¡Si no la conozco!” les contesto y, tras una breve disputa intentando explicarles que los del viejo continentes estamos acostumbrados a socorrer también los desconocidos, finalmente se la llevan a Urgencia. Supongo.
Vuelvo al andén, esperando a otro tren que me lleve a Park Square.
“Hogar, dulce hogar”, pienso...

En Park Square, espero el trasborde por Harvard Square;  mientras, llega una manada de jóvenes universitarios, cada uno del tamaño de un armarios a cuatro puertas, tan altos que yo parecía, en comparación, un taburete.
Comienzan a tirarse una pelota de rugby y a gruñir frases incomprensibles, al menos para mí.
“Muy bien”, y encendí otra vez el mp3 ....

Llega el tren. "¡No me digas! a que vamos todo en el mismo tren... ¡Qué suerte!"
Frente a mí, dos de estos premios nobel hechos de esteroides y proteínas, empiezan a frotarse las frentes, como en un misterioso ritual de machos alfa; otros, simplemente, juegan con sus IPhones o charlan.

En fin, llegamos a Harvard. Hay dos pisos de escaleras mecánicas.
Dos pisos me separan de mi paseo hacia la cama.

El flujo de bisontes se mueve hacia el primer tramo de escalera rodante...
pues, subiré por la escalera tradicional, la de toda la vida...

Al segundo piso, aprovechando de un hueco, me meto en la cola de la escalera mecánica: yo, mi portátil y mi mp3.
De repente, el grupo delante de mí se da la vuelta y empieza a bajar en dirección opuesta y, en pocos segundos, la marea de deportistas dopados me devuelve al principio de la escalera.

Una chistosa broma. Todos se ríen. Jajajaja ¡Qué divertido, joder!

Empecé a insultarles en mi dialecto y a dar puñetazos al primer hombre-armario que  tenía delante. Puñetazos que, evidentemente, le parecían caricias ya que me coge la mano sin problemas, como si yo fuera un mosquito impertinente y me manda a la mierda.
Le mando a la mierda yo también.

Luego, recobro mi compostura y le digo, en inglés:
“Que tu sepa que yo entiendo perfectamente lo que dices, ¡animal! Eres tu que no entiendes lo que digo yo".

Una frase de muy poco exito.
De hecho me miró como si me faltaran algunos tornillos.
Y yo que pretendía humillarle...

No se me da bien insultar en inglés. Para nada.
¡Menudo día!

Yanquilandia no acaba de convencerme.
pa nada.

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